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Noticias | Mar, 25 de Nov de 2008

El Mundo Según Walas Skate y Rock


En el último tiempo el rock se puso de moda. Lo que antes era puro “aguante” hoy cambió de forma y el fenómeno se disparó a todas las puntas sociales. Muchos guardaron bajo llave el traje de culto para pensar en otros términos, más justos. La figura prototípica del rockero de pelo largo, remera negra, jeans gastados y toppers blancas, se corrió del centro de la escena. El rock se volvió cool. Por ese túnel de la popularidad entraron a la cancha bandas que antes miraban el partido desde afuera; Babasónicos, El Otro Yo, Miranda! y Massacre también pueden pensar en grande. El público creció y gente que no era del “palo” ahora va y paga la entrada de un recital como lo que es: un entretenimiento. Además, el puñado de fans de la primera hora no reniega ni la va de snob con este presente.

Walas es quizá uno de los personajes más queribles del rock vernáculo y la cabeza de Massacre, banda con la que entró hace poco al circuito nacional después de pasar casi 20 años confinado al mote de grupo de culto. Erre! viajó a Buenos Aires para charlar con Walas en el Museo del Skate Argentino, local que él mismo armó y que funciona en el subsuelo de la Galería Bond Street de la Capital.

Después de fichar con Pop Art y editar El Mamut, consagrado como uno de los mejores discos del año pasado, los Massacre dejaron de ser la figurita difícil del álbum y pasaron a jugar en primera. El gordo Walas tiene una historia de esas que a cualquiera le hubiese gustado vivir; amante de la patineta, fue uno de los pioneros en Argentina en abrazar la cultura skater y traducirla en música. Y uno de los últimos que inventó algo: el skate-rock.

¿Cómo nace el museo?
El museo de skate argentino es una locura mía. Desde muy chico anduve en skate, y fue el deporte lo que me llevó a conocer el rock. Por eso yo tengo mucho amor por la patineta y cuando la dejé empecé a coleccionar y documentar cosas que tuvieran que ver con su historia. En un momento llegué a juntar tanto material que se me ocurrió hacerlo público. Alquilé un local en la Galería Bond Street y me hice un museito donde muestro mi colección de curiosidades del skate argentino. Tengo hasta fotos de Soledad Silveyra andando en skate en Mar del Plata con los hijos, hace 20 años (risas). Me centro en lo argentino porque para hacer cosas de skate californiano ya está Estados Unidos, y yo hago desde Buenos Aires, Argentina. Es una cultura muy específica de California y hacer lo propio en Sudamérica lo considero bastante heroico. Es algo muy norteamericano, muy localista y hacer esto que hago, a metros de la selva amazónica, es una locura. Es también un símbolo de lo que fue mi vida, buscar el camino más difícil y hacer lo que realmente quiero.
 
¿Tu vida de chico pasaba por andar en patineta?
La verdad nunca me interesó pegar el póster del Mundial 78, el de Reutemann o de cosas que te servían en bandeja. Yo era un pendejo que iba a buscar a los puestos de Florida, o donde sea, la revista importada, y me enamoraba de eso. Mis ídolos eran los grandes skaters Tony Alva, Stacy Peralta. Mi equipo era Powell Peralta o la marca Santa Cruz, no River o Boca. Lo cual hizo que fuera un tipo bastante singular, solo, con miedo a la pertenencia masiva y a lo popular. Siempre me moví por caminos paralelos, que según como se mire son elitistas o marginales.
 
Tuviste dos influencias culturales al mismo tiempo. Por un lado el skate, el deporte, y por el otro el punk rock, la música. ¿Massacre es el resultado de poder conciliar ambas?
Sí. Por ejemplo, por todo esto de que hoy día somos más conocidos, mi guitarrista Pablo Montero me dice: “¿Viste que al final tenías razón con la guitarrita y la patineta?”. Tuve que luchar mucho cuando durante 15 años iba a las entrevistas de radio y parecía que hablaba en chino. En aquel momento el único que andaba con esa cultura skatepunk era yo. Hoy todos están con la patineta bajo el brazo y el pelo parado. El tiempo me dio la razón.
 

"Estuvimos muchos años resentidos, como que no nos comprendían, pero al mismo tiempo orgullosos de eso también".
 

Pero es cierto, de chico combiné las dos formas de vida; de día hacía actividad deportiva con el skate y de noche iba a ver recitales de grupos como Los Laxantes, Violadores, Sumo. Por un lado, lo sano, el deporte, el sol, y por el otro, la bohemia. Con el tiempo se terminó uniendo y nosotros fuimos una especie de embajadores en Buenos Aires de ese momento en particular. En 1986, la revista Thrasher saca unos compilados con el nombre de Skaterock. Con Massacre de alguna forma traducimos esa cultura.

¿Cómo fue crecer con esa doble cultura?
Fui criado por mi abuela, que tenía una visión europeizante de la Argentina, pero en mi familia no había un sope. Crecí como un pendejo adolescente al que le interesaba mucho lo humanístico y lo cultural pero sin guita. Me metí en círculos marginales como el punk, que eran a la vez culturales, porque en ese entonces en un recital de Sumo te codeabas con gente que le interesaba el punk rock como fenómeno social. Por ahí había una cierta bohemia, una mezcolanza cultural muy interesante; gente de intelectualidad, de la alta sociedad, anarquistas, actores, travestis. Buenos Aires fue una especie de sucursal de lo que era el under en Madrid. Yo era muy pendejo y formé parte de ese destape. Y a la tarde tomaba la leche en la casa de Sebastián Lacroze, el nieto de Amalita Lacroze de Fortabat, que fue el primer campeón de skate del país. Era una cosa lógica también, porque los que trajeron el skate a la Argentina fueron los pibes chetos, de guita, que podían viajar a California y aparecer con la novedad del “surf de cemento”. Así, yo me movía en ese círculo de plata, quizás respondiendo al modelo de mi abuela, pero después a la noche me iba a ver a Los Laxantes, algo más decadente.
 
¿Cómo te llegaban los discos?
Uno de nuestros amigos skaters era Quique Candiotti, el hijo de un diplomático de carrera de importante, que fue embajador en Londres, Berlín, París y ya cuando éramos más adolescentes en Washington, que es donde se estaba gestando toda la movida del hardcore y del posthardcore, de Fugazi, Minor Treat, Black Flag y Dead Kennedys. Entonces, le pedíamos que nos mande los discos por valija diplomática, y en eso no había nada de marginal, era una cosa muy elitista, para pocos. Nos juntábamos con la poca gente a la que le gustaba esto, como Sergio Rotman, Ariel Minimal, el negro Fidel Nadal, Marcelo Pocavida, Patricia de She-devils; todos terminaron haciendo algo en la música. Yo valoro mucho esa época porque era una cosa física. Que viniera el disco de vinilo, era algo genial. Que llegue la revista Thrasher, encargarle el disco a Candiotti padre, eso lo hacía heroico.
 
Era como tener la figurita difícil.
Sí, pero hoy todo vale lo mismo. Antes un disco de edición nacional, que se vendía en todos los supermercados, no era igual que el importado. Hay que reconocer que es mejor en cuanto al acceso a la información pero a mí me gusta pensar que hay cosas que tienen que ser difíciles. Para que sea divertido debe haber un poco de morbo, de tabú. Yo necesito esa incertidumbre, dudar si Dios existe o no, porque si supiéramos todo no tendría sentido. Si es todo tan rápido te terminás aburriendo, hay que llenar el tiempo.
 

"Juego con los límites de que me tomen por boludo, de que me tomen por puto… Siempre me gustó entretenerme con eso".
 
¿Cómo es esa historia de que presentaste a Los Fabulosos Cadillacs?
Yo era muy amigo de Sergio Rotman en Buenos Aires y un verano en Mar del Plata, por el tema surf y skate, los conocemos a Flavio Cianciarullo y a Luciano Jr., que estaban con ganas de formar una banda new wave. Con Sergio patinábamos en una pileta vacía de un hotel abandonado en la calle Alem y ahí nos hicimos amigos de Flavio y compañía, que estaban armando una potencial banda que se iba a llamar Los Sprite. Se juntaron y terminaron armando Los Cadillacs.
 
Y con Flavio hasta del día de hoy tienen una relación de hermanos…
Somos hermanos. Nos mandamos mensajitos de texto absurdos, nuestras mujeres nos miran como si fuéramos dos adolescentes. Hoy vino al local porque quería que lo asesore para comprar una tabla para el hijo y para andar él mismo. Sí, de alguna forma, se puede decir que yo presenté a Los Fabulosos Cadillacs.
 
Ahora te tendrían que dar parte de la recaudación de River…
Y así va a ser… (risas). (N. de Erre!: Después de la nota se confirmó que Massacre será la banda invitada de Los Fabulosos Cadillacs en la histórica gira por América Latina y Estados Unidos).
 
Ahora que el rock está un poco de moda, ¿beneficia esto a bandas como Massacre que llevaban la etiqueta “de culto”?
Nosotros nos ganamos este lugar de reconocimiento que hoy tenemos por la credibilidad de siempre haber hecho las cosas bien en función a lo artístico. Y por otro lado, es cierto que creció mucho el rock y nosotros crecimos en proporción. Creo que si ahora estamos en un festival es primero porque nos lo ganamos entre nuestros colegas y que de repente el medio creció, aparecieron las revistas, los festivales y el rock se volvió cool. El Otro Yo llegó a Obras, Los Natas, Boom Boom Kid y Pez tocan cada vez en más lugares y antes no existía ninguno.
 
Pero ustedes creían que nunca iban a llegar adonde están hoy.
Seguro. Siempre fuimos losers, de culto y para pocos. Como fuimos perdedores pensamos que lo íbamos a ser siempre hasta que se pone de moda el rock no sólo en la Argentina sino a nivel mundial, y ahí salen a la luz todos los referentes de los que veníamos hablando desde hace años. Hubo un cambio de actitud porque al haber mimos nos agrandamos un poco. Estuvimos muchos años resentidos, como que no nos comprendían, pero al mismo tiempo orgullosos de eso también. Siempre aparecía una banda de nuestro mismo “palo” que se hacía conocida y eso nos jodía. Con El Mamut la cosa cambió y empezó la cosecha de todo lo que fuimos sembrando durante años. Hoy podemos decir que formamos parte del rock nacional.
 
¿Y está bueno eso?
Sí, creo que sí. Hay que ser medido, hay cosas con las cuales debemos decir: “No”, y también hay beneficios enormes. Nos gusta mirar las revistas y fijarnos en lo que hay que ser y lo que no. Medimos mucho cada cosa que hacemos. Yo estoy demasiado en personaje, demasiado expuesto con eso de ser gordo y medio chiflado. Me río un poco de que me pongo las calzas pero tengo que poner también un poquito el freno. Yo siempre fui el más loco y absurdo de los cinco Massacre, el que se tira más a la pileta del riesgo. Juego con los límites de que me tomen por boludo, de que me tomen por puto… Siempre me gustó entretenerme con eso. Los chicos son todos más serios, sobrios, austeros.
 

Me parece que en los shows te reís un poco de las críticas…
Sí, sí. Yo parodio, ironizo; incluso cuando tengo que hablar mal de algo lo hago a través de un paralelismo. Qué sé yo… Estoy contento con lo personaje que somos, ahora más aún porque vendemos discos, nos pagan más guita (risas).
 
¿Massacre es la banda que va a salvar al rock mundial?
No sé. Nosotros tenemos cierto compromiso con lo ético. Somos eso que se decía de Pixies: “la promesa o la reserva moral”. Estamos más cerca del tipo que quiere hacer una buena obra del que desea ser famoso y salir en MTV. Siempre rodeando al modelo de “perdedor” en vez del de “winner”. Igual, tampoco da para tomarse tan en serio al rock.
 
 
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